abraham-belilty-249x300-150x150Cuando usted lea este artículo, Trump habrá recibido ya los primeros briefings de inteligencia y seguridad nacional como Presidente electo de los Estados Unidos. Y habrá empezado a pensar en el equipo que ejecutará su política exterior y de seguridad. ¿Es cierto, como dicen sus críticos, que es imprevisible y que su política es una incógnita? Yo no lo creo, salvo que uno se quede en las formas sin atender al mensaje de fondo que, de una manera u otra, el Presidente electo lleva tiempo transmitiendo.

Por decirlo de manera breve, la política exterior de Trump se basa en un principio básico: Estados Unidos debe recuperar la fortaleza económica y militar que por una razón u otra se ha ido perdiendo en los últimos tiempos. Incluso más que eso: la única forma de mantener a Estados Unidos a salvo es no sólo ser fuerte, sino ser el más fuerte desde el punto de vista militar. Esto es algo que los europeos, que seguimos pensando que se llega a la paz por el desarme, no entendemos. Pero es algo que los norteamericanos siempre han tenido claro: la seguridad, la libertad y la prosperidad americanas sólo se mantendrán si se sigue siendo el más fuerte.

Eso no significa que Trump considere que Estados Unidos no necesita socios y aliados. Siempre tiene una palabra para ellos. Pero también cree que éstos deben actuar con lealtad, especialmente sus aliados europeos y asiáticos. Pese al fingido escándalo de los primeros, ni esto es sorprendente ni es nuevo. Los norteamericanos llevan años pidiendo a Europa un esfuerzo mayor en defensa. La OTAN ha fijado una y otra vez en el 2% el porcentaje mínimo de PIB que los miembros deben dedicar a la defensa para que la organización sea eficiente. De los grandes países de la Alianza, sólo Estados Unidos y Gran Bretaña hacen este esfuerzo. El resto de países, menosprecian el problema, con la seguridad de que el paraguas norteamericano los siga protegiendo, como lo ha hecho desde 1945. Con Obama la cuestión había pasado desapercibida, porque no creía realmente en una alianza seria con Europa, y los aliados europeos le aburrían. Hillary estaba dispuesta a seguir administrando la misma suerte de morfina estratégica: discursos grandilocuentes pero nulo interés en que los europeos fortaleciesen sus capacidades defensivas, para sí mismos y para la alianza.

Por suerte esto no seguirá pasando con Trump. El nuevo Presidente va a ser un aliado fiel pero exigente. Los europeos vamos a dejar de vivir en una ilusión que sólo nos perjudica a nosotros: no sólo vamos a tener que garantizar nuestra defensa, sino que en la medida en que lo hagamos tendremos una cercanía mayor a Washington. Si países como España quieren recuperar el vínculo trasatlántico, la respuesta es clara: debemos invertir de verdad en gastos militares. Algo parecido ocurre con los aliados asiáticos de Estados Unidos, Corea del Sur y Japón: se acabó para ellos el sentarse a observar como los marines defienden su casa de manera gratuita.

La Doctrina Trump es así práctica, y poco ideológica. La Casa Blanca necesita interlocutores claros y decididos. Por eso mismo se va a dirigir a los Estados: la interlocución y la responsabilidad exigen sujetos reconocibles, y sólo los gobiernos de los estados lo son, y la “comunidad internacional” es un problema para eso. Y también tiene razón: las organizaciones internacionales tan sacralizadas desde Europa esconden y diluyen la responsabilidad política, y dificultan la interlocución y la toma de decisiones: la ONU, la UE o el FMI son focos de inacción, corrupción y dejadez. Su apoyo al Brexit se basa en esta convicción: la soberanía nacional favorece la claridad en relaciones internacionales y la asunción de responsabilidades. Lógica empresarial, quizá, pero no por ello menos cierta: por eso su prioridad van a ser las relaciones bilaterales, y más vale que España esté preparada para ofrecer algo digno de interés.

Por ejemplo con Rusia. Putin y Trump tiene algo en común: son hombres de acción y de resultados. Su mutua admiración es comprensible: ambos gustan menos de las palabras y más de los hechos. Atrás queda la grandilocuencia obamita que encandilaba a los europeos pero que no tenía consecuencia alguna en el terreno práctico. Con Obama en el Despacho Oval y Clinton en la Secretaría de Estado, Putin ha avanzado en toda su agenda internacional, especialmente en Oriente Medio y Europa oriental, sin oposición diplomático-estratégico alguna. El gran orador Obama ha ido siempre por detrás de Putin, arrastrado por los movimientos rusos e incapaz de entender a su rival. De hecho su Presidencia, a cambio del Nobel de la Paz, comenzó con el cambio en el escudo antimisiles en Europa del Este, cesión inaudita ante la presión rusa: pues bien, es difícil que Trump ceda a las amenazas del Kremlin y que Estados Unidos siga siendo convidado de piedra. Más bien es seguro que ocurrirá lo contrario: Trump será claro con Putin, y éste aprenderá pronto que con el inquilino de la Casa Blanca tendrá que negociar, que éste tiene líneas rojas y que no podrá salirse con la suya simplemente amenazando con elevar la tensión.

Peor suerte correrá el régimen de los ayatolas: Trump participa de la visión republicana sobre el acuerdo nuclear con Irán de 2015: no sólo es un mal acuerdo, sino que ni siquiera tiene visos de cumplirse. No se equivoca. Los iraníes han conseguido el levantamiento de sanciones a cambio de una moratoria de unos cuantos años, las inspecciones tienen unas cláusulas tan favorables a los iraníes que no se van a cumplir, partes importantes del programa atómica quedan fuera del acuerdo, y el programa misilístico continúa a la vista de todos: el resultado es que a la vuelta de unos años, Irán puede ser capaz de golpear no sólo a Israel y Europa, sino a las ciudades americanas. Por suerte, puede adelantarse que Trump corregirá los graves errores de Obama, y tomará medidas como el restablecimiento de sanciones al régimen iraní.

Se trata de restaurar el prestigio norteamericano. Lo que se basa en tres imperativos para Estados Unidos: tener el mejor ejército del mundo, estar en disposición de utilizarlo en caso necesario y hacer ver a todo el mundo qué se tiene y a qué se está dispuesto. Respecto a lo primero, Trump debe ser capaz de retomar la agenda de reforma de las Fuerzas Armadas interrumpida por el despliegue urgente en Afganistán e Irak tras el 11S. El próximo Secretario de Defensa centrará su esfuerzos en tecnología de misiles y sistemas antimisiles, en defensa y ataques cibernéticos y en reconfigurar la estructura y la capacidad de despliegue de las Fuerzas Armadas. La ausencia de un conflicto prioritario que absorba las energías norteamericanas se lo permitirá, y Trump parece dispuesto a hacer el esfuerzo económico necesario para lograrlo.

Respecto a lo segundo, Trump no es reacio al uso de la fuerza allí donde los intereses y la seguridad norteamericana lo exijan. Pese a lo que suele comentarse, está dispuesto a utilizar la fuerza contra el ISIS, incluso desplazando tropas al terreno de manera abierta y transparente y aumentando las operaciones aéreas contra las milicias islamistas: he aquí otra diferencia respecto a la estrategia enmarañada de Obama en Irak y Siria. En términos más generales, Trump está dispuesto a perseguir al terrorismo islámico allí donde se encuentre y antes de que pueda golpear suelo norteamericano. Afortunadamente, el ataque preventivo sobre territorios y países que amenacen directamente a los Estados Unidos no es en absoluto descartable con él en la Casa Blanca.

Por fin, el práctico Trump es partidario del uso disuasorio de la fuerza. También en esto acierta: la mejor forma de evitar una guerra es estar dispuesto al uso de la fuerza. La debilidad es una invitación a la agresión, y Trump no está dispuesto a continuar por esa senda. A diferencia de Obama, está dispuesto a demostrar al mundo la fortaleza militar norteamericana, como forma de garantizar la tranquilidad de amigos, convencer a rivales y disuadir a enemigos. Pero al mismo tiempo que la visibilidad, para Trump los servicios de inteligencia juegan un papel esencial en la guerra del siglo XXI, y está dispuesto a exprimir al máximo sus capacidades. Sabemos que va a cuidar especialmente este aspecto.

Además, la visibilidad del poder militar no se plasma únicamente en la capacidad de desplazar tropas y actuar en el extranjero: también en la visibilidad interna de los militares, del papel que juegan y del respeto debido dentro del país. Su compromiso con los veteranos de guerra, tan castigados internamente tras las guerras de Irak y Afganistán, parece firme. Pese a las refriegas electorales y la propaganda demócrata, lo cierto es que Trump muestra un respeto hacia los veteranos que ha estado ausente en los últimos 8 años.

En fin. Aún quedan dos meses para que Trump jure su cargo y se siente ante el Resolute Desk. En este tiempo deberá seleccionar su equipo de Defensa y Seguridad Nacional, y concretar las intuiciones en una agenda estable y práctica. Hay demasiadas incógnitas, pero dos cosas parecen claras: en primer lugar, que tiene la oportunidad y parece que está dispuesto a ello, de enmendar algunos de los problemas en los que la Doctrina Obama ha metido a Estados Unidos, empezando por la falta de confianza en sí mismo que presenta el país, que es lo que se esconde tras la grandilocuente oratoria de Obama. En segundo lugar, Trump tiene la oportunidad de ir más allá, y volver a restaurar la fortaleza diplomática y militar norteamericana, forzando de paso a sus aliados a despertar de la molicie estratégica en que viven

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